Ayer me tocó comprobar una amarga verdad. Los alemanes son mejores que nosotros. Aun en un rubro en el que creí que sacábamos el primer puesto. Me refiero a la burocracia. Me tocó ir al Ausländerbehörde. Léase: la oficina de estos malditos extranjeros. Tenía que renovar mi visa. No era tarea sencilla. Requiere mucha dedicación. Primero, hay que llevar los papeles pertinentes. Estos involucran tantos certificados, que es mejor llevar hasta el del Congreso del CAAS por las dudas. Después, hay que ser una persona madrugadora. Conviene llegar -mínimo- una hora antes de la apertura. Y luego, lo más importante: hay que ir el día anterior a la iglesia y armarse de divina paciencia. Yo llegué a las 9.40h, luego de sortear una lluvia persistente ni bien bajé del U-Bahn. La cola ya era contundente. Balanceé mi cuerpo de una a otra pierna. Tirité bajo el poullover mojado. Dediqué una mirada fulminante a la mina que intentaba colarse. A las 10h abrieron una puerta. La muchedumbre avanzó, lentamente. Más balanceo, más tiritar. Adelante mío había dos chinos y un morocho con aire marroquí. Por atrás escuchaba hablar en mexicano. A las 10.30h alcancé el sublime status de persona que hace fila, pero bajo techo. Había entrado al edificio. La cola serpenteaba todavía. Las ventanillas parecían, de tan lejos, en otro mundo. Empecé a acalorarme. Tomé agua. Tragué sal. Comí una banana. Las piernas me pesaban como si hubiera participado en las carreras de Beijing. Para distraerme, saqué mi libro de Tabucchi. Mala elección. Hermoso pero triste. Hacía cola y lagrimeaba. Pasadas las 11h logré la ventanilla. Me alegré: estaría a tiempo en casa para el almuerzo. La empleada miró mi pasaporte y me dio un papelito. Warteraum: 3. Nummer: 139. Fucking sheet. Me moví a la Sala de Espera 3. Me senté. Miré la pantallita: al cabo de media hora recién iban por el 124. Creí que iba a desesperar. Volví a sacar mi libro de Tabucchi. Al lado mío, una bebé que podía ser turca o árabe o qué sé yo, berreaba por alimento. Esperamos todos infinidades. Empecé a tener hambre y a quedarme sin sal. Iban por el 136. Calcule que tenía tiempo, antes de que me llamaran, de tomarme un avión a Palma y almorzar en Click. Salí, compré un brötchen mit salami. Volví. Todo como entonces. Finalmente me llamaron. Ya había perdido conciencia de la hora. Entro a la sala que me toca en suerte. Frau Schwerinn toma mis papeles. Le doy todo lo que tengo y más también. Y entonces, cuando creo que todo termina, llega el tiro de gracia: otro papelito. Warteraum: 3. Nummer: 624. Fucking fucking sheet. Salgo de la oficina. Me siento en la misma silla que me alojó durante las últimas horas. Y hago lo que todos. Lo único que se puede hacer en ese maldito lugar: espero. Espero. Espero. Espero. Ya no saco mi libro de Tabucchi. El tablero marca el 611. Ya ni siquiera me indigno. No hago más que pensar en Kafka. No sé cuánto tiempo pasa. Pero por la ventana veo primero nubes, luego lluvia, luego nubes, luego un amago de sol, luego más lluvia. Finalmente el tablero llama mi número. Me levanto de la silla, temiendo haber perdido mi facultad motora. Me dan la visa, por supuesto. Pero eso es lo de menos. Llego a mi casa a las 16h. Ya no sirvo para nada.
viernes, 29 de agosto de 2008


En el mágico mundo de Berlín vive Herr Ampelmann. Es un señor que viene del este y porta sombrero. Camina apurado de verde. Se queda quieto en rojo. Si uno observa bien (y si no observa bien, también) puede verlo muy lejos de su tierra, tanto en el tiempo como en el espacio. Una vez quisieron matarlo, pobre Herr Ampelmann, pero vino la gente y lo salvó. Ahora esa gente se llama Ostalgie (no se dejen confundir: el Ost es siempre el este).
domingo, 3 de agosto de 2008
Hoy no es 25 de Mayo, pero merecería serlo. Domingo, sol, Berlín. Decidí ir hasta Mauerpark, un mercado con todo: ropa vieja, muebles viejos, porquerías, antigüedades, ropa fashion, plantas, boludeces. Decidí, como era domingo, que los chanchos berlineses debían estar disfrutando de un merecido descanso. Así que viajé sin pagar. Largo viaje, con combinación y todo. Llegué. Entré al mercado. Era inmenso. Y hermoso. Eso si la abundancia de porquerías puede ser catalogada de hermosura. Inicié mi colección de vasitos chiquitos con dos vasitos comprados. Módicos precios. Luego llegué a un puesto enorme. Tenía otros tres vasitos en la mano. Busqué con la vista al que pudiera ser el encargado. Estaba lejos, atendiendo las preguntas de otro cliente. Seguí curioseando, mientras esperaba que se desocupara. De tanto curiosear me fui alejando. Me alejaba. Nadie parecía perseguirme. Seguí con los vasitos en la mano, muy natural. Me alejé, me alejé. Ops, me fui.
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